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El banco estaba lleno de carajos bonitos, que le tenían ese güevo erecto, babeante, a toda hora, pero se controlaba.

Por las mañanas, el trío ayudaba a los dos obreros, por las tarde se iban de paseo, nadaban o pescaban si el mar estaba quieto.

Sam se veía algo inquieto, nadaba mucho, consiguió una bicicleta y paseaba bastante, iba lejos y llegaba cansado, parecía buscar agotarse. Dormía, trabajaba, descansaba y ayudaba en las tareas de la casa, con tranquilidad.

Los dos jóvenes ya se habían contado toda sus vidas, dónde estudiaron, dónde crecieron. Eric hubiera querido hermanos, así sus padres no le habrían exigido tanto, y no esperarían tanto de él, presionándolo, empujándolo, ordenándole qué hacer. Eric sale un momento, con los ojos muy abiertos, ve al otro reír y lo baña con un buche de agua de su boca. Las piernas de Jorge rodean a Eric por la cadera, inmovilizándolo.

Jorge dice que muchas veces deseó que Dios les hubiera dado más dinero y menos hermanos, para ropas, juegos, viajes y estudios, nunca había ido a Margarita o a Mérida. Con un ‘cochino’, Jorge vuelve a hundirlo bajo la superficie. Mitad dentro del agua, mitad fuera, Eric se asusta, siente el calor, la fuerza y vigor del otro y se aterra.

No pasa mucho tiempo antes de que Jerry, en uno de los privados, esté de rodillas sobre la tapa de uno de los inodoros, con las manos montada en el tanque de agua, desnudo, excepto por la corbata, los lentes y las medias, abiertote de culo, mientras tras él, Mario, también desnudo, excepto de una camisetica negra que deja ver su torso velludo y musculoso, y las medias, lo enculaba con ganas con su manduco.

Las manotas de Mario aferran esas nalgas abiertotas, apretándolas y pellizcándolas, mientras lo penetra con fuerza, cogiéndolo duro. -brama Jerry, con una mueca adolorida y rica, mirándolo sobre su hombro, con la frente arrugada y jadeando por la boca abierta.- Cabálgame, mi machote, entiérrame esa tranca dura que tienes… -jadea Mario, con una mueca irónica, mientras su tolete largo, grueso y nervudo entra y sale de ese culito rojo, lampiño, que se lo traga con deseo. Con un alarido, Mario clava el güevote dentro del estuchito no tan secreto de Jerry y se vuelve a mirar al recién llegado, con horror. -es Henry, el nuevo cajero en el banco, quien sonríe burlón, levantando una mano y mostrándole el dedo medio en una mueca grosera, para luego apuntar ese dedo contra su culo, metiéndolo allí, hondo, experto, deslizándolo a fondo. En Tacarigua de la Laguna, el inicio de semana introdujo una nueva rutina.

El carajo siente que esa boca sabe, y que lame sabroso.